Sobre Winnicott

Donald W. Winnicott, fue un eminente pediatra y psicoanalista británico que desarrolló su obra escrita desde los años 30 hasta su muerte, en 1971. Su profundo conocimiento de la infancia y su dilatada experiencia clínica con niños y con adultos, le llevan a configurar ideas y pensamientos originales en el mundo del psicoanálisis. El trabajo con patologías diversas y su implicación en programas psicosociales de su época, le permitieron construir un psicoanálisis clínico con un profundo contenido social. Son muchos los que consideran actualmente a Winnicott como un pilar fundamental del Psicoanálisis Relacional e Intersubjetivo.  Su obra es reconocida mundialmente y es objeto de estudio en universidades, centros de estudios de psicoterapeutas y psicoanalistas, entre profesionales del ámbito de la salud mental y de disciplinas afines. Winnicott perteneció al Grupo Independiente de la Sociedad Británica de Psicoanálisis en el que el intercambio de ideas y teorías desde diferentes puntos de vista, unido a sus capacidades creativas naturales, hicieron que desarrollara una obra extensa y rica en conocimientos. Su legado más importante es la libertad de pensamiento que presidió su trabajo.

Biografía de Donald Woods Winnicott

Donald W. Winnicott

por el Dr. Francesc Sáinz Bermejo

Es estupendo estar escondido, pero desastroso
no ser descubierto.
D.W. Winnicott
 
El niño que no juega no es niño, pero el
hombre que no juega perdió para
siempre al niño que vivía en él y
que le hará mucha falta
Pablo Neruda
 
 
Donald Woods Winnicott nació en Plymouth, el 7 de abril de 1896 en el  condado de Devon, un pueblo marítimo a unos 300 km de distancia de Londres. Era hijo y nieto de comerciantes prósperos, su abuelo paterno había fundado la empresa «Winnicott Brothers» dedicada al suministro de materiales industriales.  Destinado a continuar con los negocios familiares, hizo un cambio de rumbo convirtiéndose en médico-pediatra y, posteriormente, en psicoanalista, con cierto disgusto de su padre, Sir Friederick.

Tenía dos hermanas mayores, Violet y Kathleen siendo el  pequeño y el único hijo varón.  Su padre, John Frederick, un hombre de profundas ideas religiosas a las que dedicada una parte de su tiempo que combinaba con la atención a los negocios familiares  y también a la vida política. Fue Presidente de  la  Cámara  de  Comercio,  Juez  de Paz y, por dos ocasiones, llegó a ser alcalde de su propio pueblo y adquirió por ello el distintivo de «Sir».
 
La madre de Winnicott, Elisabeth Woods, apellido que Winnicott utilizará como segundo nombre, estaba  dedicada a la familia y al hogar; se conoce que era propensa a padecer episodios depresivos que la apartaban a menudo de las actividades familiares.  Los  Winnicott vivían en una acomodada casa conocida como Rockville, con cuatro plantas, jardín y campo para jugar al croquet. Donald creció en un hogar acomodado, en una casa ajardinada con diversas cocineras e institutrices.

Muchas mujeres y figuras maternas rodeaban la vida del pequeño Donald. Todo un mundo de relaciones afectivas y vínculos que Donald mantenía con el personal «de abajo»[1], que es como se les llama coloquialmente en  Reino Unido  a las personas del servicio, además todas ellas eran mujeres.

No es de extrañar que sus aportaciones más importantes tengan que ver con los cuidados infantiles y maternos, con la noción de hogar y de seguridad. Decía su viuda, Clara que: «Donald llevaba su hogar dentro de él, y que por eso  se sentía en cualquier lugar como en su casa» (Clara Winnicott, 1978). También lo femenino ocupará para Winnicott el lugar del «Ser», siendo lo masculino, «el hacer». Si el hacer no está sostenido por el ser, se transformará en un «como si» (Sáinz, 2017). Lo masculino necesita de lo femenino para existir y lo femenino necesita de lo masculino para transitar por la vida.

A los  14  años  fue  enviado  como  alumno  internado  al Leys  School; escuela metodista para varones en la que permaneció hasta los 18 años. Por esa época leyó la obra de Darwin de la que llegó a decir que éste importante investigador era la horma de su zapato. Recordamos la idea de que para Darwin, no sobrevive el más fuerte, sino el que se adapta mejor. Para Winnicott los procesos de maduración del niño tienen que ver con la adaptación del niño a las personas que le cuidan y la necesaria adaptación de éstos hacia él. Para que el niño crezca lo más sano posible, necesita de unas figuras adultas cuidadoras que sean capaces de adaptarse suficientemente a sus necesidades La construcción de un falso self facilitan al niño y a su entorno la adaptación y  la protección necesaria para vivir y para sobrevivir en un mundo complejo.

Winnicott era un ferviente practicante de diversos deportes, había alcanzado incluso un buen nivel en alguno de ellos. Fue en un partido de Rugby en el que se fracturó la clavícula que lo mantuvo hospitalizado durante un tiempo. En esa estancia hospitalaria desarrolla su deseo de ser médico.
En 1916 inicia la carrera de medicina y durante la I guerra mundial se alista como voluntario a la Marina en la Royal Navy, atendiendo a los soldados heridos, motivo por el cual estuvo exento de entrar en combate. Fueron  muchos  amigos de su quinta los que perecieron en el campo de batalla, lo que motivó que se sintiera como un superviviente, él decía  que se sentía  con el deber de vivir por él mismo y por los que habían muerto. (Clara Winnicott, 1978)

Después de terminar la carrera como médico, se especializó en pediatría que ejerció durante 40 años en Hospital Paddignton Green en Londres hasta su jubilación, al mismo tiempo que se formó y trabajó como psicoanalista. Desempeñó labores de supervisión, impartió conferencias y seminarios a psicoanalistas y a otros profesionales de otras disciplinas y escribió una extensa obra en forma de artículos que fueron compilándose posteriormente en libros. En el último libro publicado en vida «Playing and Reality» (Realidad y Juego) Winnicott hace una sentida dedicatoria «A mis pacientes que pagaron por enseñarme». La muerte le llegó un poco antes de que pudiera ver el libro ya publicado. (Khan, 1971).

El trabajo ininterrumpido como pediatra permitió a Winnicott estar en contacto continuo con los niños y sus familias. El trato directo con los niños fue para Winnicott una inspiración continua para llevar a cabo su labor como psicoanalista de adultos y conceptualizar muchas de las ideas que comprenden su obra psicoanalítica.  Trabajar con el niño es comprender la dinámica familiar en la que se haya inmerso, conocer la psicología de los progenitores permite entender el funcionamiento mental del pequeño, que nunca actúa de forma aislada. Es mítica la expresión que Winnicott utilizó en el año 40 en la conferencia a la que había sido invitado como experto en el mundo del bebé, Winnicott cuando tomó la palabra dijo que El bebé no existe, sino es en relación a alguien que le cuida. (Winnicott, 1960)

Como analista de adultos siempre tuvo en cuenta la narrativa que los pacientes hacían de su vida infantil, tratando de entender las reacciones y los sentimientos del paciente en interacción con su entorno. Un ejemplo muy vívido de ello se muestra en una sesión del tratamiento con Margaret Little, descrita por ella misma (Little, 1990). Ante las vivencias que ella describe referidas a una falta total de empatía por parte de su madre, Winnicott llega a decirle que odia a su madre, como una manera de transmitirle que se hace cargo del daño que a ella le ha causado la forma de proceder de ésta.

Es la forma espontánea que encuentra Winnicott de ser solidario y de descargar a su paciente de la culpa persecutoria, Winnicott dice que odia a su madre porque reconoce que ésta ha obrado mal con su hija. Según nuestro punto de vista, esta forma de proceder de Winnicott le sitúa como un claro  pionero  del que hoy llamamos psicoanálisis relacional e intersubjetivo. (Sáinz, 2017), en el que el analista está  involucrado como persona en el proceso terapéutico, no es un mero receptor, sino también emisor de emociones, sentimientos, de transferencia y contratransferencia.

A Winnicott le gustaba hablar para el público lego en psicoanálisis no solo para profesionales, lo que le llevó a realizar una importante labor divulgativa en programas de radio, sobre la crianza y las dificultades psicológicas de los niños.  Gracias a su doble condición de pediatra y psicoanalista podía responder a los numerosos oyentes  que le preguntaban  interrogándose sobre diferentes preocupaciones sobre sus niños.
De estos programas  llevados a cabo por la BBC de London en los años 50, surgieron algunas  publicaciones de gran nivel de profundidad pero escritos en un lenguaje sencillo y directo. Es un ejemplo de ello el libro  «Conozca a su niño». Cabe decir que Winnicott  a menudo escribía de una forma algo confusa, especialmente en los escritos dirigidos a profesionales y a psicoanalistas, sin embargo cuando se estudia su obra con atención algunas ideas inconexas aparentemente, adquieren sentido y se aprecian entonces las reveladoras, incluso revolucionarias ideas que Winnicott ha aportado al psicoanálisis contemporáneo.

Le ayudaba en los escritos su valorada y apreciada secretaria, la Sra. Joyce Coles y Masud-Khan que fue su paciente y posteriormente  colega y seguidor de su obra, que se convirtió además en  editor de sus libros. Winnicott escribía al mismo tiempo un sin fin de cartas. Cada vez que un colega de la Sociedad psicoanalítica presentaba un escrito él no dejaba de enviarle una carta en la que le hacía algunos comentarios. Muchas de estas cartas están recogidas en el libro  «El gesto espontaneo», de  R. Rodman (1990)

En sus conferencias se puede apreciar su manera dúctil de comunicar,  trataba de adaptarse al público asistente; podía enfatizar la importancia del mundo interno cuando se dirigía a trabajadores sociales o abogados y destacar la importancia de la  la realidad externa cuando estaba con sus colegas psicoanalistas. Es conocida la anécdota de que en una sesión de la Sociedad Psicoanalítica  del 3 de Marzo de 1943 empezó a sonar una sirena alertando de un ataque aéreo; las bombas explotaban a intervalos y los analistas allí presentes seguían sentados y absortos en la discusión, Winnicott se levantó, tomó la palabra y se limitó a decir: «Me gustaría señalar que nos están bombardeando en este momento.  (Abelló, Liberman, 2011)

Donald se casó en dos ocasiones, la primera vez en 1923, a la edad de 27 años con Alice Buxton Taylor que era ceramista de profesión y cuatro años mayor que él, con la que convivió durante 25 años hasta que se divorció. Se casó de nuevo en 1951 con Clara Britton. No llegó a tener hijos de ninguno de sus dos matrimonios. Alice era  una mujer con alteraciones psiquiátricas, con tendencias depresivas y mala salud en general, Winnicott cuidó de ella incluso después de la separación, durante unos cuantos años. La relación con Alice parece que reeditaba la situación vivida con su madre y su fragilidad mental. En 1931 Publicó  su  primer  libro, de carácter divulgativo Clinical  Notes  on  Disorders  of  Childhood (Apuntes clínicos sobre los trastornos de la infancia), una guía pediátrica que dedicó a su esposa Alice.

Con Clara la relación empezó siendo de colaboración profesional y posteriormente se convirtió en su pareja sentimental hasta el final de su vida. Con ella, mantuvo una relación de complicidad, de intercambio y de reciprocidad que se mantuvo hasta su muerte. Trabajaron juntos con los niños albergados por la segunda guerra mundial, ella era trabajadora social, especializada en psiquiatría y él consultor en un programa para niños evacuados de la guerra, juntos llevaron a cabo una importante labor psicosocial. De nuevo las realidades y las crudezas del mundo externo se hacían presentes y se evidenciaba la importancia que tienen en la construcción de la identidad. Clara se analizó primero con Clifford Scott y posteriormente con Klein, en 1961 fue nombrada psicoanalista de la Sociedad Británica de Psicoanálisis.

La relación de Winnicott con su madre, deprimida, debió marcar muchos aspectos de su personalidad, algunos piensan que debió ser definitivo en la elección de su oficio de psicoanalista y en la forma que conceptualizó sus teorías.

Winnicott, como hemos dicho anteriormente,  desestimó el estudio del bebé aislado de la relación y del vínculo afectivo con sus cuidadores. Estudió especialmente las funciones maternas en relación con la salud mental, como lo haría Bowlby y Fairbairn, entre otros. Otorgar a la realidad externa y a las características reales de los cuidadores del niño es fundamental en su legado escrito.

Cada persona se enfrenta a su realidad representada por las personas que tienen la función de cuidar según sus capacidades adaptativas. Es fundamental que los adultos que tienen niños a su cargo sean capaces de adaptarse lo suficientemente bien a las necesidades de sus pequeños. La madre puede ser suficiente y a la vez  insuficiente en su labor de cuidar, por ello es necesario que el entorno actúe como un «holding» capaz de repartirse las funciones de crianza.

Muy probablemente la elección de ejercer profesiones asistenciales tenga que ver con las experiencias de la infancia y los cuidados infantiles recibidos por el entorno familiar. Abelló y Liberman (2011) recogen una entrevista con Szpilka en 2010 en la que afirma que «un psicoanalista es alguien que de alguna manera quedó fijado a escuchar eternamente la demanda insatisfecha de la madre».

Raban (2004), sostiene que Winnicott tuvo una mala infancia con su madre deprimida y que las afirmaciones de Clara en las que habla de un hogar lleno de amor y respeto, es una idealización. Para Raban, las teorías de Winnicott que enfatizan la función materna sobre la crianza, son producto de las malas experiencias vividas.

Nos parece sencillamente exagerado y fuera de lugar interpretar la biografía de una persona sin conocerla personalmente y construir con ello hipótesis explicativas. Muchos profesionales asistenciales pueden dedicarse a su labor de cuidar a otras personas por motivos muy distintos, entre otros, por haber recibido empatía y comprensión de su entorno y por haber tenido relaciones familiares suficientemente buenas. En otros casos, el haber sufrido en la infancia, puede ayudar a desarrollar la empatía con los pacientes que sufren y comprender mejor su funcionamiento mental y relacional.

Según explica su mujer Clara (1978) en el hogar de los Winnicott predominaban los juegos entre sus hermanas y sus cinco primas, hijas de un hermano de su padre, que vivían en la casa de al lado. Clara afirma que en el hogar de los Winnicott no había tiempo para el aburrimiento. El jugar se convertirá para Winnicott en el instrumento esencial de la psicoterapia y a la vez en la finalidad de la misma, con el propósito de  que el paciente pueda mejorar  a través de sentirse creativo y más auténtico. El jugar se ubica en el espacio potencial y transicional, lo que permite que la persona puede acceder a un nivel mental y relacional más flexible.

Tenemos la impresión de que Winnicott debió ser una persona solidaria y sensible ante las necesidades de los más débiles, estuvo plenamente convencido de que el entorno debía facilitar y proveer a los niños de las condiciones necesarias para garantizar un crecimiento adecuado. El entorno representado por los adultos cuidadores deben tratar de facilitar el desarrollo natural del niño, acompañándole desde la dependencia absoluta hacia la dependencia (podríamos decir también independencia) relativa.

Al no creer en la mente aislada, no podía aceptar la idea de Freud, desarrollada posteriormente por la escuela kleiniana de pulsión de muerte. La pulsión no puede estudiarse fuera de la relación. Entendía que era prioritario estudiar las dinámicas relacionales del niño con las figuras de su entorno. Siempre se preguntaba cómo era el niño que estudiaba y cómo eran las personas que le tenían a su cargo. A partir de lo cual podía estudiar la interacción y la interdependencia entre ambos. Si que entendía el importante  papel que jugaba la agresividad en la  interacción con el otro. El entorno recibe la agresividad del niño y le da un significado, la respuesta del entorno es fundamental para que la agresividad sea reconocida  y canalizada como un derecho y un motor  de la propia vida.  «Sí es verdad que el niño tiene una enorme capacidad para la destrucción, pero también la tiene para proteger lo que ama de su propia destrucción. (Winnicott, 1939). En otro momento posterior dirá que la agresividad crea exterioridad, si el objeto sobrevive a la destrucción del sujeto (1968). La agresividad es de alguna manera una faceta de la propia pulsión vital, si se pervierte y se convierte en destrucción hay que ir más allá de la pulsión de muerte para entender que es lo que ha sucedido.

En 1924 Donald inició su análisis con James Strachey por motivos personales, pero enseguida desarrolló la idea de convertirse él mismo en psicoanalista. A los 23 años había leído la interpretación de los sueños de Freud causándole una gran impresión. En una carta dirigida a su hermana Violet, le  comunica  su  entusiasmo por el Psicoanálisis,  su  “nuevo  hobby”.  Escribe:  “Probablemente  yo  sea  acusado  de blasfemo si  digo  que  Cristo  fue  un  psicoterapeuta de vanguardia” (Khar,1996).

Es en 1924 cuando Winnicott abrió su consulta privada en  el 33 de Weymouth Street, una zona céntrica de Londres con el apoyo de su padre. Dice Clara que tenía pocos pacientes que pagaran, así que él mismo daba dinero a los menos solventes para que pudieran venir a su consulta, de esta forma el portero del edificio podía ver que tenía un número aceptable de visitas. Su esposa cree que poder atender a los pacientes de forma privada les daba la oportunidad de ahondar en los aspectos psicológicos de una forma más profunda. (Clara Winnicott, 1978)

A la edad de 27 años inició su formación como psicoanalista. Entre  sus  profesores  se  hallaban  John  Rickman y Edward  Glover. Por aquel entonces, en 1925, fallece su madre Elisabeth.

Su primer análisis se llevó a cabo durante 10 años, Winnicott refiere que su analista no llegó a ser un miembro destacado del psicoanálisis, pero parece ser que pare él fue un profesional valorado y suficientemente bueno, que le acompañó en momentos cruciales.

Fue a través de su analista  Strachey que se puso en contacto con Klein que vivía y ejercía de psicoanalista en Londres desde 1926. Fue su supervisado y alumno desde 1935 durante 5 años.  Por aquel mismo año Winnicott inició un segundo análisis con Joan Rivière, con la idea de acercarse mejor al análisis kleiniano. El hubiera preferido analizarse directamente con Klein, pero ella tenía previsto que Winnicott analizara a uno de sus hijos, Erick, y así fue como sucedió un poco más tarde. Es evidente que Klein tenía una fuerte simpatía por Winnicott y que confiaba en él al punto de pedirle que analizara a su hijo, ella se ofreció a ser la supervisora de dicho análisis, pero Winnicott se negó a aceptar semejante interferencia.

El análisis con Rivière coincidió con una etapa fructífera de Winnicott en la que empezó a desarrollar ideas propias sobre el psicoanálisis y la manera de ejercerlo, distanciando así de las formulaciones kleinianas. Parece ser que esto no gustó a la propia Klein ni tampoco a su entonces analista. Así lo expresó Winnicott a Masud Khan (Rodman, 1990): «Yo no puedo decir que estuve en análisis con Joan Rivière, es cierto que me analizó durante cinco años y siguió analizándome durante discusiones en reuniones científicas».

Los kleinianos no soportaban la idea de que la realidad externa y las características reales de los padres y cuidadores tuvieran un papel tan relevante en la salud mental de los pequeños. Winnicott proponía no solo tener en cuenta la realidad externa sino que se debía  incorporar en la relación terapéutica como un instrumento de análisis y de trabajo. Si se preconizaba la realidad, la fantasía inconsciente perdía fuelle y la pulsionalidad alejada de la relacionalidad, dejaba de tener sentido, el Edipo se convertía entonces en un fenómeno insuficiente y poco acertado para la comprensión de los procesos de maduración en la infancia, aspectos que el grupo liderado por Klein, no se podían permitir. John Padel dijo que en la sociedad psicoanalítica de los años 50, Klein era la bailarina a quien Winnicott ofrecía alguna cosa que ella rechazaba con un movimiento de cabeza, como diciéndole que eso ella ya lo tenía. (Rodman, 1990). Es una tendencia habitual entre grupos humanos, y los psicoanalistas no somos una excepción, reafirmar las propias convicciones no aceptando que algo nuevo puede provenir de otro grupo distinto al nuestro, así lo expresa Kernberg en su artículo «treinta maneras de destruir la creatividad de los candidatos psicoanalistas» (1996)

La originalidad y la libertad de pensamiento de Winnicott eran muy bien acogidas por muchos de sus colegas y, especialmente, por sus alumnos. Sus ideas no eran ortodoxas ni doctrinarias, se habían forjado a partir de la observación implicada con sus pacientes niños y adultos. Probablemente Winnicott no era un escritor notable, sus conceptos aparentemente sencillos, a veces resultan confusos y difíciles, excepto cuando se dirigía a un público profano. No presumía de ser erudito, por lo que no necesitaba ser críptico.

Sin embargo la riqueza de sus ideas y la enorme espontaneidad le dotaron de un gran atractivo para los que le seguían. Marion Milner (1978) relata que escuchó a Winnicott decir en alguno de sus seminarios cosas como: «Lo que encontrarán ustedes en mí, tendrán que sacarlo del caos» (Abelló, Liberman, 2011)

Los grupos psicoanalíticos compuestos por personas supuestamente bien psicoanalizadas, no están exentos de rivalidades, filias, fobias y envidias, en realidad como cualquier otro grupo humano, sino más. Por ejemplo Francis Tustin asistía a las supervisiones con Winnicott de una forma clandestina, ya que su mentora Esther Bick del grupo kleiniano se lo había prohibido.(Grosskurth, 1990).

El miedo a desviarse de la doctrina ha estado y está presente en las sociedades psicoanalíticas, especialmente aquellas que tienen como líder un único autor, que acostumbra a dar nombre a la escuela de pertenencia.

Freud se exilió en Londres en 1938 huyendo de la persecución nazi a los judíos un poco antes del estallido de la segunda guerra mundial. Se podría decir que el centro  álgido del psicoanálisis  se trasladó de Viena a Londres. En Londres ya había un grupo muy activo de psicoanalistas. Ernest Jones, discípulo directo y biógrafo oficial de Freud que había fundado en 1919 la British Psycho-Analytical Society a la que pertenecían miembros de gran talento como el propio Jones,  Babara Low, Edward Glover, Marjorie Brierley, James Strachey, Alix Strachey, Susan Issacs, John Rickman, Joan Rivière, Sylvia Payne, Ella Freedman Sharp y Adrian Stephen etc. (Abelló y Liberman, 2011). Además de las aportaciones que se produjeron con la presencia de Klein en Reino Unido, invitada en un principio por Alix Strachey y por Jones para introducir el psicoanálisis de niños en UK y que acabó siendo un auténtica revolución para el edificio psicoanalítico vigente en aquellos tiempos.

Después del fallecimiento de  Freud en 1939 se produjeron una serie de reuniones científicas para debatir las divergencias que se tenía sobre el psicoanálisis; desde Enero de 1943 a Mayo de 1944 los analistas británicos y los que habían emigrado a Reino Unido, especialmente Klein y Anna Freud como lideres de dos grupos distintos, se embarcaron en lo  que se llegó a denominar las «grandes controversias». No se llegó a un acuerdo consensuado por lo que surgieron dos grupos claramente divididos, los partidarios de Klein por un lado  y por otro, los partidarios de Ana Freud. Winnicott optó por dejar a la que había sido su supervisora y maestra debido a las discrepancias que mantenía con ella y alejarse así del grupo kleiniano que ella regentaba. Prefirió mantener su independencia teórica y evitar así su servidumbre a una persona con una fuerte personalidad, capaz de crear una escuela con su propio nombre. Para Winnicott la libertad de pensamiento era el requisito imprescindible para ejercer la creatividad, lejos del sometimiento. El no pretendió en ningún momento crear escuela y menos que llevara su nombre. El placer que Winnicott sentía por las teorías era el de estudiarlas y configurarlas a su modo y a partir de ellas ir construyendo ideas propias. Le gustaba comunicarlas y exponerlas tanto a los colegas de su generación como a otros más jóvenes.

En la Sociedad Psicoanalítica Británica se organizaron los dos grupos mencionados y la emergencia de un nuevo grupo, conocido con el nombre de «Midle Group», reconocido más tarde como grupo independiente. Era de esperar que una personalidad libre como Winnicott se ubicara en el grupo independiente. A diferencia de los otros dos grupos, ellos no tenían una escuela que llevara nombre de autor.

No seguían a ningún líder vivo en especial por lo que podían mantener una mayor apertura en sus teorías y en sus maneras de proceder. A este grupo pertenecieron junto con Winnicott,  destacados psicoanalistas  como Fairbairn, Balint, Bowlby, otros como Ella Sharpe, Sylvia Payne, Marion Millner, Marjorie Brierley; MasudKhan Harry Guntrip, Margaret Little, estos tres últimos habían sido analizados por Winnicott. Masud-Khan, después de ser su paciente, se convirtió en editor de sus publicaciones, un seguidor de su obra  y un amigo personal.

Algunos de estos analistas independientes llevaron a cabo aportaciones creativas y originales, sin temor a desmarcarse de la línea oficialista o al rechazo por parte de sus líderes, sencillamente porque el líder no existía. Curiosamente muchos de  ellos, al igual que Winnicott, estuvieron implicados en labores psicosociales, por ejemplo Fairbairn y Bowlby, trabajaron con niños maltratados por sus familias o separados de sus padres por circunstancias externas o atendiendo el sufrimiento físico de los enfermos o de los propios cuidadores. No es casual que estos importantes psicoanalistas, que habían trabajado directamente con la realidad externa y fuera  de sus despachos, sean considerados hoy día, junto con Ferenczi, precursores innegables del llamado Psicoanálisis Relacional.

A pesar de su independencia teórica, o tal vez por ello, mantuvo su  compromiso institucional, llegó a ser analista didacta, miembro del consejo, secretario científico y secretario de formación, además de presidente del simposio de 1944. Fue presidente de la British Psichoanalytical Society en dos oportunidades de 1956-1959 y 19651968. También obtuvo entre otros honores, el rango de miembro del  Colegio Real de médicos.

El no se consideraba un gran conocedor de la obra de Freud, y tampoco un freudiano, lo que le hacía sentir que era poco merecedor de ocupar puestos de responsabilidad en la institución psicoanalítica.

La originalidad de Winnicott tiene que ver con su manera de ser y de proceder. En sus palabras: «Voy recogiendo cosas, aquí y allá, me enfrento a mi experiencia clínica, me formo mis propias teorías y luego, al final de todo, pongo interés en ver cuáles son las  ideas que he tomado de otros» (1945). En algunos casos pide disculpas por no haber sido  suficientemente adecuado no citando a autores que habían inspirado algunas de sus ideas. Le pasó con su colega Phyllis Greenacre, al que reconoce no haber citado adecuadamente en el escrito sobre el uso del objeto (1971).
Para Winnicott, el oficio de analista es un arte, se debe aprender la técnica como lo hace el pianista, pero para atender personas que sufren hay que ir más haya de los elementos técnicos, el analista debe ser capaz de jugar, si quiere que su paciente pueda hacerlo.

Así abrirá  una conferencia sobre el miedo al derrumbe (1963): «Si hay algo de verdad en lo que les voy a decir, los poetas lo habrán dicho antes». El ser psicoanalista no solo se aprende en las teorías al uso, el conocimiento está en cualquier parte, en todas partes, hace falta saberlo buscar, saberlo encontrar.

El respeto a sus alumnos, así como a sus pacientes queda explicitado por los numerosos testimonios que han dado fe de ello.  Procuraba adaptarse a las necesidades de sus pacientes y si era necesario, modificar la técnica. Llegó a decir que si no podía hacer psicoanálisis con determinados pacientes, hacía lo que era más terapéutico para ellos. No es de extrañar que su concepto sobre la madre suficientemente buena tiene que ver con aquella persona que es capaz de adaptarse a las necesidades de su bebé,  aplicable al psicoanalista con sus pacientes. Nunca fue un analista ortodoxo y aunque se mantuvo fiel a los principios psicoanalíticos, apoyó a disidentes como Ronald Laing  y tuvo una relación amable con Lacan. Su estilo personal hacía que su setting fuera flexible, según las necesidades del paciente, se le puede considerar un seguidor directo de Ferenczi porque era capaz de mantener relaciones afectuosas  y cercanas con sus pacientes, podía llegar a prolongar una sesión terapéutica durante horas si lo consideraba necesario para el paciente, incluso podía tomarles la mano y ofrecerles los brazos en momentos de regresión. A pesar de su modo de hacer amable y cálido, era capaz de ser muy directo en sus intervenciones con sus pacientes e implacable cuando defendía sus ideas en discusiones científicas con sus colegas.

Su amabilidad y sensiblidad no le impidió trabajar el malestar de los analistas con sus pacientes o el de las madres y padres con respecto a sus  hijos. Es muy significativo el artículo de  1947 «El odio en la contratransferencia» y la apreciación, posiblemente dedicada Klein de que lo más probable es que la madre odie a su hijo antes de que éste pueda odiarla a ella.

En cuanto a sus pacientes, es esencial el testimonio que lleva a cabo Margaret Little en su libro «Relato de mi análisis con Winnicott (1990) o de otro analista, Harry Guntrip en su artículo «mi análisis con Fairbairn y Winnicott» (1975). Sus estudiantes disfrutaban de las asociaciones libres que Winnicott hacía en las sesiones teóricas y de supervisión, en todo momento les animaba a que no dieran por buenas ninguna de las teorías y que fueran encontrando su propio camino y su propia manera de formular los conocimientos que iban aprendiendo en la clínica, tal como él había hecho a lo largo de su carrera. El psicoanálisis siempre ha sido y es muy jerárquico, al menos  tiene como ventaja  que en las comunidades psicoanalíticas se da mucha importancia a las personas de edad avanzada, posiblemente es de los pocos oficios que quedan en los que el  viejo es valorado y respetado, como sucede en las culturas de los pueblos y las etnias más antiguas. Sin embargo esta veneración por los mayores ha de ir acompañada por el hecho de dar palabra a los más jóvenes, de esta forma no se establecen jerarquías anquilosantes que impiden el crecimiento natural y el relevo generacional. En este sentido es significativa una ocasión en la que Winnicott modificó el programa de actividades cuando él debía supervisar en público a un colega más joven, propuso de forma espontánea que se hiciera a la inversa, que fuera el colega más joven  el que le supervisara a él un caso propio. (Rodman, 1990)

De esta forma mostraba que cualquier persona con cierta formación podía e incluso debía ser capaz de pensar y de opinar. Es una forma muy adecuada de no fomentar las dependencias pasivas.

En su línea de rechazar  toda clase de ortodoxia  advertía que el psicoanálisis podía convertirse en un conjunto de dogmas que impidan la posibilidad de reflexionar y de hacer autocrítica,  al estilo de una religión que debe ser fiel a sus doctrinas y que genera adeptos sin capacidad para pensar con libertad.

Aprovechando su rol de presidente envió unas cartas significativas a las dos líderes de los otros dos grupos, a Melania y a Anna respectivamente. Su intención era comunicarles que era muy importante que disolvieran los grupos que ellas lideraban, avisándolas del peligro de que sus teorías corrieran el riesgo de convertirse en dogmas inamovibles.  Las instaba a que fueran ellas las que evitaran estas circunstancias cuando todavía estaban vivas.

«Considero -escribió- que tiene una importancia vital para la Sociedad [BPS] que ustedes dos destruyan sus grupos en lo que tienen de oficial […]. No tengo razones para pensar que viviré más que ustedes, pero tener que ver con agrupamientos rígidos, que cuando ustedes mueran se convertirán automáticamente en instituciones de Estado, es una perspectiva que me espanta.» (Rodman, 1990).

Los duelos en la vida de Winnicott se inician como hemos dicho con  la muerte de sus compañeros contemporáneos que perdieron la vida en la primera guerra. Cuando contaba con 29 años de edad, perdió a su madre, una mujer frágil y triste; su padre murió anciano, cuando Winnicott ya estaba en la madurez de sus 52 años. Un año más tarde se divorciará de su primera mujer Alice, con la que mantuvo relación hasta que ésta murió. En el año 1951, con 55 años se casa con Clara Britton, trabajadora social que llegaría a ser psicoanalista. En este mismo año publica su importante trabajo «Objetos transicionales y fenómenos transicionales». (Kahr, 1999).

Su capacidad para jugar, para crear y su personalidad primordialmente flexible le predispusieron para conceptualizar todo lo referido a la transicionalidad. Era habitual que tocara el piano que tenía en su consulta cuando le fallaba un paciente. Le gustaba interpretar a Bach y a Bethoven, según sus biógrafos tenía toda la discografía de los Beatles y le encantaba dibujar.  El y Clara dibujan a mano los Christmas que enviaban para felicitar las navidades a sus amigos. Está afición por dibujar la incorporó en su trabajo. Se le ocurrió construir garabatos compartidos con los niños que visitaba (Squiggle) con el propósito de establecer una interacción que se  pudiera convertir en vínculo. También escribía poemas de forma espontánea, como tantas personas hacen, como una búsqueda de algo, tal vez de encontrarse a sí mismo.

Es significativo un poema que escribió, dedicado a su madre y que envió a su cuñado con el afán de compartirlo, Winnicott tiene en esos momentos 67 años, además de rememorar unas tristezas vividas con su propia madre, se encuentra enfermo y él mismo próximo a la muerte.

La madre abajo llorando
llorando
llorando
Así la conocí
Una vez, extendido sobre sus rodillas
Como ahora sobre el árbol muerto
Aprendí  a hacerla sonreír
a detener sus lágrimas
a deshacer su culpa
a curar su muerte interior
Darle vida era mi vida.

Como hemos alertado anteriormente, no pretendemos interpretar nada al respecto, tan solo recibirlo como un poema que es. Sin embargo describiendo aquello que Winnicott expresa, vemos a alguien tratando de dar vida a una persona importante para él o ella y con quien quiere ejercer el oficio de cuidar, hacerla sonreír y darle vida. Los niños tienen tendencia a cuidar a sus cuidadores y, si éstos están mal, intentan ayudarlos saliéndose a veces de su rol infantil.

Alguien que llora, llora, llora, sumida en su dolor. El oficio de psicoanalista tiene que ver con ayudar a otro en su dolor, entendiéndolo lo mejor posible y ayudándole a convertirlo en algo creativo. El tratamiento psicoanalítico promueve que el paciente tenga una nueva experiencia relacional y vincular que incluya los elementos antiguos del pasado y ofrezca unas vivencias nuevas. El analista, para Winnicott y para muchos analistas relacionales actuales, no solo recoge la transferencia o la interpreta, sino que es generador de ella. El analista debe hacerse cargo, reconocer  los fallos que comete con el paciente, como una forma de reeditar los fallos de su entorno infantil, con la diferencia de que ahora serán reconocidos y abordado (Sáinz, 2017).

En cuanto a la interpretación psicoanalítica, Winnicott nos dejó una joya imprescindible cuando dice que » Creo que en lo fundamental interpreto para que el paciente conozca los límites de mi comprensión» (Winnicott, 1971). Si el analista se muestra limitado en su comprensión ayuda al paciente a aceptar sus propios límites, mostrando su falibilidad, podemos comprender los fenómenos pero hasta cierto punto la comprensión es limitada y hay que aceptarlo.

Winnicott había sufrido problemas cardíacos dos décadas antes de su  muerte, que se fueron acentuando progresivamente. Le contrarió tener que jubilarse a los 63 años del Hospital Paddington Green en el que trabajó durante cuarenta años.

Su mujer Clara afirma que poco a poco se iba preparando para enfrentarse a la muerte y, al mismo tiempo, trataba de que ella se fuera haciendo la idea de su desaparición. Estuvo trabajando hasta el final, especialmente en las supervisiones y seminarios y avisaba a los que asistían que estuvieran tranquilos si es que algo le podía pasar estando con ellos.

Llevó a cabo un intento de autobiografía que no llegó a completar, su título: Not less than Everything («Nada menos que Todo»). En ella decía, parafreseando a su valorado poeta Th. Eliot, «Dios mío deja que viva el momento de muerte». Sentirse real, para Winnicott, era más importante que existir. Posiblemente su capacidad para jugar y transitar entre el afuera y el adentro le ayudó a acercarse a su propia muerte sin evasiones.

Winnicott nos ha dejado un legado imprescindible para los psicoanalistas actuales, su capacidad para reflexionar huyendo de las teorías dogmáticas, su flexibilidad para adaptarse a las necesidades del otro y la capacidad para jugar que nos conecta directamente con la auténticidad; la humildad en reconocer que debemos aspirar a ser suficiente y muchas veces insuficientemente buenos con los demás, incluidos nuestros pacientes; que somos por lo tanto falibles y que a le vez, o tal vez por ello, podemos ser fiables para las personas que dependen de nosotros. Algunos de nosotros pensamos que esta forma de implicarse como persona en el trabajo analítico y de comprender la mutualidad y asimetría con sus pacientes, le convierten, como he dicho en diferentes momentos de este escrito,  en un indiscutible pionero del psiconálisis relacional e intersubjetivo actual. Los seres humanos cuando estamos unidos por vínculos afectivos, somos intertedependientes y somos capaces de construir experiencias transicionales, que son a la vez la base sobre la que se edifica la intersubjetividad.

Los que conocieron y trataron con Winnicott hablan de él diciendo que era una persona juguetona, divertida, capaz de hacer excentricidades en la relación con sus amigos, su familia y también con los pacientes. Se le define como un gnomo de jardin, como dijo de él su editor y amigo Karnac, un elfo, un poco enfant terrible, pero con la habilidad de hacer sentir bien a las personas que estaban con él. Muchos son los que coinciden en que Winnicott tenía una personalidad cautivadora que hacía sentir confiados a los que se relacionaban con él, que era entrañable y cercano (Khar,1996; Clancier y Kalmanovich,1984)

Si Winnicott hubiera vivido hasta nuestros días, posiblemente se hubiera sentido halagado, a la vez que abrumado, al ver los caminos que han ido tomando sus ideas.

Se sorprendería y, posiblemente, le gustaría ver que su concepto de espacio y fenómenos  transicionales y otros muchos, son utilizados más allá de la psicoterapia verbal o del psicoanálisis, por ejemplo en terrenos educativos,  en terapias artísticas como el arteterapia, en la musicoterapia o en la danza-movimiento-terapia. También podría ver que se le nombra en diferentes mundos relacionados con el arte; entre actores, bailarines, en el cine, el teatro y en otras representaciones escénicas y plásticas.

Por todo lo dicho, quizás  no le sorprendiera que algunas de sus aportaciones las podamos relacionar con el pensamiento oriental,
como la meditación zen, hoy popularizada en occidente como «mindfullness», proveniente de la tradición oriental, especialmente del taoísmo y del budismo que viajó desde China a Japón, pasando por India.

Meditar es dejarse llevar, dejar fluir los pensamientos sin obstrucción, sin obsesión, simplemente dejándolos marchar; dejarlos venir, para dejarlos ir. La mente se fusiona con el cuerpo y la emoción. La mente, para Winnicott, debe ocupar poco lugar. Le hubiera gustado tal vez la frase del maestro zen Deshimaru cuando dice: «No pienso, luego existo».

Para Winnicott la experiencia terapéutica, que es con lo que el trabajaba,  es esencialmente emocional y vivencial, la mente debe ocupar poco espacio, debe dejarse llevar; si bien la necesitamos  para recoger y entender la vivencia y aquello que está sucediendo en nosotros y en la relación con los demás.

Winnicott falleció en Londres el 27 de Septiembre del año 1971. Es muy significativo lo que, Jack Tizard, (Rodman, 1990), un pediatra cercano a Winnicott dijo en su funeral: «Decir que Winnicott entendía a los niños no es del todo exacto, lo es más que eran los niños los que le entendían a él y sabían que el estaba con ellos».

Bibliografía

 
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https://www.topia.com.ar/articulos/biografídonaldwoodswinnicottdw
Clancier, A. y Kalmanovitch, J. (1984). La paradoxe de Winnicott. Paris: Payot
Guntrip, H. (1975). My Experience of Analysis with Fairbairn and Winnicott      Int. R. Psycho-Anal., 2:145-156.
Grosskurth, P. (1990), Melania Klein. Su mundo y su obra, Barcelona: Paidos.
Kahr, B. (1996). Donald Woods Winnicott. Retrato y biografía. Madrid: Biblioteca Nueva-APM. 1999.
Khan, M. R. (1971). Donald W. Winnicott. Int. J. PsychoAnal., 52:225-226
Liberman, A. y Abelló, A. (comps.) (2008), Winnicott hoy. Su presencia en la clínica actual. Madrid: Psimática
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Lugar Editorial, 1995. Paidós Ibérica.
Rodman, R. (1990).  El gesto espontaneo. Cartas escogidas. Barcelona: Paidós.
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Libros de Winnicott en español

 
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Winnicott, D. W. (1957b) El niño y el mundo externo, Buenos Aires: Lumen, 1993
Winnicott, D. W. (1958) Escritos de pediatría y psicoanálisis, Barcelona: Paidos, 1998
Winnicott,        D.W.    (1965a). La      familia y          el          desarrollo        del individuo. Buenos Aires: Hormé, 1995.
Winnicott, D.W. (1965b) Los procesos de maduración y el ambiente facilitador Barcelona: Paidos, 1992 [W9].
Winnicott, D.W. (1971a). Realidad y Juego. Barcelona: Gedisa, 1997.
Winnicott, D.W. (1971b). Clínica psicoanalítica infantil. Buenos Aires: Hormé, 1993.
Winnicott, D.W. (1977). Psicoanálisis de una niña pequeña (The piggle). Barcelona: Gedisa, 1994. [W12]
Winnicott, D. W. (1984) Deprivación y delincuencia (ed. C. Winnicott, R. Shepherd y M. Davis), Barcelona: Paidos, 1998 [W13]
Winnicott, D.W. (1986). El hogar, nuestro punto de partida. Ensayos de un psicoanalista. Barcelona: Paidos, 1996a [W14]
Winnicott, D.W. (1986). Sostén e interpretación. Fragmento de un análisis. Barcelona: Paidos, 1992. [W15]
Winnicott, D. W. (1987a) Los bebés y sus madres (ed. C. Winnicott, R. Shepherd y M. Davis), Barcelona: Paidos, 1998 [W16]
Winnicott, D.W. (1987b). El gesto espontáneo. Cartas escogidas (Compilación de F. R. Rodman). Barcelona: Paidos., 1990 [W17]
Winnicott, D.W. (1988). La naturaleza humana. Buenos Aires: Paidos, 1996b.
Winnicott,     D.W.     (1989). Exploraciones     psicoanalíticas     I     y
  1. Barcelona: Paidos, 1991.
Winnicott, D.W. (1993). Conversando con los padres. Aciertos y errores en la crianza de los hijos (Ed. C. Winnicott, C. Bollas, M. Davis y R. Shepherd).  Barcelona: Paidos, 1993.
Winnicott, D.W. (1996). Acerca de los niños (Ed. C. Winnicott, C. Bollas, M. Davis y R. Shepherd). Barcelona: Paidos, 1998 [W21].
Winnicott, D.W., Green, A., Mannoni, O., Pontalis, J.B. y otros (1978). Donald D. Winnicott. Buenos Aires: Trieb.

Bibliografía sobre Winnicott. Selección

 
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Abello Blanco, A. y Liberman, A. (2011). Una introducción a la obra de           D.W.    Winnicott. Madrid:       Ágora Relacional        (Col. Pensamiento Relacional nº 3)
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Montevideo: Psicolibros Waslala
Anfusso, A. Indart, V. (2009). ¿De qué hablamos cuando hablamos de Winnicot?
Phillips, A. (1997). Winnicott. Buenos Aires: Lugar editorial. 1988.
Bouhsira, J. y M.C. Durieux (Dir.). Winnicott insólito. Buenos Aires: Nueva Visión. [Original de 2004]
Clancier, A. y Kalmanovitch, J. (1984). La paradoxe de Winnicott. Paris: Payot
Green, A. (2008). Jugar con Winnicott. Buenos Aires. Amorrortu.
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Liberman, A. y Abelló, A. (comps.) (2008), Winnicott hoy. Su presencia en la clínica actual. Madrid: Psimática.
Sáinz, F (2017). Winnicott y la perspectiva relacional en el psicoanálisis. Barcelona: Herder-Fundació Vidal i Barraquer.
Tagle, A (2016). Del juego a Winnicott. Una revolución silenciosa. Buenos Aires: Lugar Editorial.

[1] Expresión Inspirada en la serie británica televisiva de gran éxito en los años setenta: «Upstairs, Downstairs», traducida en lengua hispana, como «arriba y abajo»

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