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Paco-Sainz-2-e1663753443188
Estructuras Basales y Estados Atractores. Una segunda reflexión.
Este trabajo es la continuación de una publicación anterior en el que traté de explicar lo que he denominado estructura basal, que representa los fundamentos sobre los que se edifica la personalidad y las bases en las que se asienta la salud y la psicopatología en sus diversas expresionesPartiendo de la idea de las estructuras basales, hemos ido ampliando el conocimiento hacia los llamados estados atractores, concepto que proviene de la física y de las matemáticas, unido a la teoría del caos y de los sistemas complejos, dinámicos no lineales. El estado atractor es un conjunto al que un sistema dinámico evoluciona desde diferentes condiciones iniciales. Desde el punto de vista del psicoanálisis podemos pensar en los atractores que llevan al sistema de la persona a su origen o a determinados puntos de anclaje de su personalidad. En momentos determinados el atractor puede llevar a la persona a la estructura basal sana o patológica como si fuera atraído por una fuerza gravitatoria. En otros casos consideramos que el atractor está activo aunque sea en segundo plano. Partimos de la idea de la multiplicidad del self, pero entendemos que no todos los si mismos tienen el mismo peso en cada persona. Proponemos que en el psicoterapeuta ayude al paciente a conocer y dialogar con sus atractores y sus diferentes sí mismos, siempre cuando esto sea posible. leer artículo
Francesc Sáinz Bermejo
El artículo amplía la noción de “estructura basal” (EB) y la articula con los “estados atractores” —tomados de la dinámica no lineal— que empujan al sujeto, como por gravedad, hacia configuraciones sanas o patológicas de su EB, dentro de una multiplicidad de self con pesos desiguales. Sostiene que la EB se constituye en la intersección bio-genético-epigenética y las experiencias vinculares tempranas, rechaza reduccionismos etiológicos y recuerda cuatro tipos de EB (saludable, autística, psicótica y melancólica), fuertemente moduladas por traumas evolutivos y relacionales. Define los atractores como tendencias que pueden activarse en primer plano o “en segundo plano”, sin necesidad de regresión manifiesta, coherentes con sistemas complejos donde pequeñas variaciones producen grandes efectos. Clínicamente, propone que el terapeuta ayude al paciente a reconocer y dialogar con sus atractores y sus diferentes sí-mismos; la terapia genera experiencias nuevas, pero el cambio es limitado cuando el atractor ancla a una EB dañada, pudiendo derivar en pseudoterapias si lo basal queda intocado. Concluye recomendando una posición clínica realista: ni determinismo pesimista ni optimismo ingenuo, sino favorecer mayor flexibilidad e interconexión entre sí-mismos para que atractores más saludables ganen predominio.
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Este trabajo es la continuación de una publicación anterior en el que traté de explicar lo que he denominado estructura basal, que representa los fundamentos sobre los que se edifica la personalidad y las bases en las que se asienta la salud y la psicopatología en sus diversas expresionesPartiendo de la idea de las estructuras basales, hemos ido ampliando el conocimiento hacia los llamados estados atractores, concepto que proviene de la física y de las matemáticas, unido a la teoría del caos y de los sistemas complejos, dinámicos no lineales. El estado atractor es un conjunto al que un sistema dinámico evoluciona desde diferentes condiciones iniciales. Desde el punto de vista del psicoanálisis podemos pensar en los atractores que llevan al sistema de la persona a su origen o a determinados puntos de anclaje de su personalidad. En momentos determinados el atractor puede llevar a la persona a la estructura basal sana o patológica como si fuera atraído por una fuerza gravitatoria. En otros casos consideramos que el atractor está activo aunque sea en segundo plano. Partimos de la idea de la multiplicidad del self, pero entendemos que no todos los si mismos tienen el mismo peso en cada persona. Proponemos que en el psicoterapeuta ayude al paciente a conocer y dialogar con sus atractores y sus diferentes sí mismos, siempre cuando esto sea posible. leer artículo
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Estructuras Basales y Psicopatología. Un punto de partida para la reflexión.
La idea inicial de este texto trata de entender que hay personas que pasan por momentos de sufrimiento psíquico expresados a través de las diferentes formas psicopatológicas, estados depresivos, fóbicos, obsesivos y otros, a veces de cierta intensidad. Viven frustraciones, sentimientos de culpa, de celos, de vergüenza, incluso de envidia… Estados dolorosos derivados de duelos difíciles, a veces con ideas de muerte y de desesperación. Sin embargo, pueden disfrutar de la vida, tener una suficientemente buena salud mental para relacionarse de forma saludable con los demás y con ellos mismos. Por el contrario, hay otras personas que se ven sometidas a estados mentales dañinos en la relación con ellos mismos y con los demás. Suelen ser personas que se perjudican y pueden perjudicar a otros seres humanos. Creo que las diferentes expresiones psicopatológicas dependen de lo que he llamado estructura basal, en adelante EB o dicho de otro modo, de los fundamentos en los que se asientan los procesos madurativos y evolutivos. Una EB suficientemente sana sostiene al individuo, aunque pase por momentos difíciles. Cuando EB está dañada, o se ha detenido y no se ha desarrollado bien, emerge y se manifiesta en muchas circunstancias vitales, haciendo que la psicopatología domine a la persona, independientemente de las circunstancias en las que se vaya encontrando. Entonces la madurez saludable no es posible. leer artículo
Francesc Sáinz Bermejo
El artículo propone la “estructura basal” (EB) como los fundamentos sobre los que se edifican personalidad y psicopatología; una EB suficientemente sana sostiene al sujeto, mientras que una dañada emerge y coloniza el self, imposibilitando la madurez saludable. Sitúa el origen de la EB en la vida temprana, donde lo biológico y lo vincular se entrelazan; los traumas y carencias afectivas pueden dañar esa base y fijar funcionamientos desregulados. Distingue cuatro EB —segura, autística, psicótica y melancólica— como organizadores de la experiencia y de las formas clínicas. Con EB robusta pueden existir rasgos obsesivos, fóbicos o depresivos sin que secuestren la personalidad; con EB frágil, pequeñas amenazas narcisistas precipitan desintegraciones. En clínica, evaluar la EB ofrece un punto de partida para comprender combinaciones de rasgos y orientar intervenciones relacionales que, aunque limitadamente, pueden flexibilizar estructuras.
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La idea inicial de este texto trata de entender que hay personas que pasan por momentos de sufrimiento psíquico expresados a través de las diferentes formas psicopatológicas, estados depresivos, fóbicos, obsesivos y otros, a veces de cierta intensidad. Viven frustraciones, sentimientos de culpa, de celos, de vergüenza, incluso de envidia… Estados dolorosos derivados de duelos difíciles, a veces con ideas de muerte y de desesperación. Sin embargo, pueden disfrutar de la vida, tener una suficientemente buena salud mental para relacionarse de forma saludable con los demás y con ellos mismos. Por el contrario, hay otras personas que se ven sometidas a estados mentales dañinos en la relación con ellos mismos y con los demás. Suelen ser personas que se perjudican y pueden perjudicar a otros seres humanos. Creo que las diferentes expresiones psicopatológicas dependen de lo que he llamado estructura basal, en adelante EB o dicho de otro modo, de los fundamentos en los que se asientan los procesos madurativos y evolutivos. Una EB suficientemente sana sostiene al individuo, aunque pase por momentos difíciles. Cuando EB está dañada, o se ha detenido y no se ha desarrollado bien, emerge y se manifiesta en muchas circunstancias vitales, haciendo que la psicopatología domine a la persona, independientemente de las circunstancias en las que se vaya encontrando. Entonces la madurez saludable no es posible. leer artículo
Paco-Sainz-2-e1663753443188
Narcisismo y sociedad, entre la carencia y la arrogancia.
Los dioses de la mitología eran inmortales y se podría pensar que eso les convertía en seres arrogantes, despreocupados y con escasa capacidad para hacerse cargo de lo humano. Eran, por lo tanto unos auténticos narcisistas. La sensación que se tiene al ser inmortal produce narcisismo. O es tal vez el narcisismo el que promueve la impresión de inmortalidad, o la búsqueda de ser inmortal, por encima del resto, lo que lleva al narcisismo.
Lo cierto es que los humanos sí somos mortales y, por ello, es fácil pensar que necesitamos tener alguna relevancia. La levedad del ser, nos conduce a buscar formas de trascendencia.
Sabernos finitos nos incomoda y nos produce, entonces, ese hambre unamuniana de inmortalidad. Parece obvio que el ser poca cosa nos lleva a reafirmar nuestro ego. Necesitamos ser algo para no sentirnos insignificantes. Ser algo o ser alguien ¿para qué o para quién? Interesantes preguntas para que nuestra sociedad se las formule y trate de contestarlas.
El psicoanálisis aborda la temática del narcisismo en la medida que trata de estudiar los fenómenos mentales y relacionales.
¿Será el narcisismo una etapa por la que todo ser humano pasa y después es superada como tantos otros estados evolutivos?, ¿La relación con uno mismo, es incompatible con la relación con los demás?
O más bien ¿la una depende mutuamente de la otra? ¿Estamos en una sociedad que promueve el individualismo o, muy al contrario son los valores colectivos los que tienen la primacía?

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Francesc Sáinz Bermejo
El artículo analiza el auge del narcisismo en la sociedad contemporánea, vinculado tanto a carencias afectivas tempranas como a dinámicas sociales de autosuficiencia, consumo y velocidad. El narcisismo se entiende no como exceso de amor propio, sino como defensa frente a la fragilidad y la falta de amor recibido. Se alimenta de la necesidad de admiración, poder y reconocimiento, pero enmascara vacío, odio y dificultad para amar. La sociedad actual, centrada en la inmediatez y el éxito, refuerza estas dinámicas al despreciar vínculos duraderos y procesos de duelo.

Publicado en: Talarn A (comp) (2007). Globalización y Salud mental. Cap. XII. Herder. Barcelona
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Los dioses de la mitología eran inmortales y se podría pensar que eso les convertía en seres arrogantes, despreocupados y con escasa capacidad para hacerse cargo de lo humano. Eran, por lo tanto unos auténticos narcisistas. La sensación que se tiene al ser inmortal produce narcisismo. O es tal vez el narcisismo el que promueve la impresión de inmortalidad, o la búsqueda de ser inmortal, por encima del resto, lo que lleva al narcisismo.
Lo cierto es que los humanos sí somos mortales y, por ello, es fácil pensar que necesitamos tener alguna relevancia. La levedad del ser, nos conduce a buscar formas de trascendencia.
Sabernos finitos nos incomoda y nos produce, entonces, ese hambre unamuniana de inmortalidad. Parece obvio que el ser poca cosa nos lleva a reafirmar nuestro ego. Necesitamos ser algo para no sentirnos insignificantes. Ser algo o ser alguien ¿para qué o para quién? Interesantes preguntas para que nuestra sociedad se las formule y trate de contestarlas.
El psicoanálisis aborda la temática del narcisismo en la medida que trata de estudiar los fenómenos mentales y relacionales.
¿Será el narcisismo una etapa por la que todo ser humano pasa y después es superada como tantos otros estados evolutivos?, ¿La relación con uno mismo, es incompatible con la relación con los demás?
O más bien ¿la una depende mutuamente de la otra? ¿Estamos en una sociedad que promueve el individualismo o, muy al contrario son los valores colectivos los que tienen la primacía?

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Winnicott, un buen compañero de viaje
El autor relata su acercamiento a Winnicott a partir de una formación inicialmente kleiniana, descubriendo en él una perspectiva que articula mundo interno y externo, teoría y vida cotidiana. Destaca que Winnicott sitúa al bebé en dependencia absoluta, sostenido por una “madre suficientemente buena” que permite la integración psicosomática y la emergencia del self verdadero. La no-integración inicial se compensa con el cuidado continuo, generando continuidad existencial y confianza.
El espacio transicional aparece como núcleo entre integración y no-integración, lugar de juego, creatividad y subjetividad compartida. En terapia, ese espacio se recrea como espacio potencial e intersubjetivo, donde dos subjetividades se encuentran para crear experiencias nuevas. El juego es condición de la creatividad y de la vivencia de sentirse vivo, mientras que interpretaciones intrusivas o dogmáticas fomentan falso self y sometimiento.
Sáinz subraya la importancia de la mutualidad y de las identificaciones cruzadas: analista y paciente son coautores de la experiencia, donde los fallos del analista deben reconocerse, no negarse. Ejemplos clínicos muestran cómo el reconocimiento de límites y fallas posibilita procesos de reparación y autenticidad.
Los fenómenos transicionales sostienen vínculos y duelos: lo construido con el otro permanece más allá de la pérdida, permitiendo elaborar el dolor y mantener la continuidad del vínculo interno. La empatía y el respeto por la subjetividad del otro son centrales.
Winnicott, más que interpretar, ofrecía presencia, diálogo y juego, confiando en que la autenticidad y la creatividad son claves para el desarrollo. Para Sáinz, Winnicott sigue siendo un “compañero de viaje” que inspira libertad de pensamiento y una clínica basada en sostén, juego y reconocimiento de la falibilidad humana.

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Francesc Sáinz Bermejo
El autor relata su acercamiento a Winnicott a partir de una formación inicialmente kleiniana, descubriendo en él una perspectiva que articula mundo interno y externo, teoría y vida cotidiana. Destaca que Winnicott sitúa al bebé en dependencia absoluta, sostenido por una “madre suficientemente buena” que permite la integración psicosomática y la emergencia del self verdadero. La no-integración inicial se compensa con el cuidado continuo, generando continuidad existencial y confianza.

Publicado en: Liberman, A. Abello, A. (2008). Winnicott hoy, su presencia en la clínica actual. Madrid. Psimática: 345-360
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El autor relata su acercamiento a Winnicott a partir de una formación inicialmente kleiniana, descubriendo en él una perspectiva que articula mundo interno y externo, teoría y vida cotidiana. Destaca que Winnicott sitúa al bebé en dependencia absoluta, sostenido por una “madre suficientemente buena” que permite la integración psicosomática y la emergencia del self verdadero. La no-integración inicial se compensa con el cuidado continuo, generando continuidad existencial y confianza.
El espacio transicional aparece como núcleo entre integración y no-integración, lugar de juego, creatividad y subjetividad compartida. En terapia, ese espacio se recrea como espacio potencial e intersubjetivo, donde dos subjetividades se encuentran para crear experiencias nuevas. El juego es condición de la creatividad y de la vivencia de sentirse vivo, mientras que interpretaciones intrusivas o dogmáticas fomentan falso self y sometimiento.
Sáinz subraya la importancia de la mutualidad y de las identificaciones cruzadas: analista y paciente son coautores de la experiencia, donde los fallos del analista deben reconocerse, no negarse. Ejemplos clínicos muestran cómo el reconocimiento de límites y fallas posibilita procesos de reparación y autenticidad.
Los fenómenos transicionales sostienen vínculos y duelos: lo construido con el otro permanece más allá de la pérdida, permitiendo elaborar el dolor y mantener la continuidad del vínculo interno. La empatía y el respeto por la subjetividad del otro son centrales.
Winnicott, más que interpretar, ofrecía presencia, diálogo y juego, confiando en que la autenticidad y la creatividad son claves para el desarrollo. Para Sáinz, Winnicott sigue siendo un “compañero de viaje” que inspira libertad de pensamiento y una clínica basada en sostén, juego y reconocimiento de la falibilidad humana.

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¿Todos necesitamos visitar al psicoanalista?
Si todos fuéramos al psicoanalista nos convertiríamos, -los analistas-, en un poder fáctico o en una especie de religión universalista. Es preferible que haya gente para todo y así se diversifica la oferta y la demanda. Los profesionales del gremio “psi” ofrecemos ayuda a las personas que sufren. Los terapeutas más prácticos prometen eliminar esos síntomas molestos; otros el resolver las perturbaciones que impiden vivir bien; los más osados, -y algo irresponsables-, pretenden la curación de todo tipo de trastornos psicopatológicos.
El psicoanálisis en realidad no debe curar nada, porque no hay nada que curar. Te diré más: el modelo psicoanalítico debe partir de la idea de que no debe resolver aquello que al paciente le pasa o no le pasa. Probablemente te preguntaras: Entonces ¿para que sirve el psicoanálisis? La respuesta requiere reflexión, pero debo anticiparte que el psicoanálisis debe ser útil a las personas para que vivan mejor consigo mismas y con los demás, para que se conozcan un poco más y se atrevan a ser más libres.

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Francesc Sáinz Bermejo
El psicoanálisis en realidad no debe curar nada, porque no hay nada que curar. Te diré más: el modelo psicoanalítico debe partir de la idea de que no debe resolver aquello que al paciente le pasa o no le pasa.

Publicado en: Talarn, A. El Psicoanálisis al alcance de todos. Barcelona. Herder, 2009
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Si todos fuéramos al psicoanalista nos convertiríamos, -los analistas-, en un poder fáctico o en una especie de religión universalista. Es preferible que haya gente para todo y así se diversifica la oferta y la demanda. Los profesionales del gremio “psi” ofrecemos ayuda a las personas que sufren. Los terapeutas más prácticos prometen eliminar esos síntomas molestos; otros el resolver las perturbaciones que impiden vivir bien; los más osados, -y algo irresponsables-, pretenden la curación de todo tipo de trastornos psicopatológicos.
El psicoanálisis en realidad no debe curar nada, porque no hay nada que curar. Te diré más: el modelo psicoanalítico debe partir de la idea de que no debe resolver aquello que al paciente le pasa o no le pasa. Probablemente te preguntaras: Entonces ¿para que sirve el psicoanálisis? La respuesta requiere reflexión, pero debo anticiparte que el psicoanálisis debe ser útil a las personas para que vivan mejor consigo mismas y con los demás, para que se conozcan un poco más y se atrevan a ser más libres.

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Victor_Cabre
La experiencia terapéutica con un analista suficiente e insuficientemente bueno. Una contribución de Winnicott al Psicoanálisis Relacional.
En este artículo se reflexiona acerca de uno de los aspectos esenciales del psicoanálisis relacional: la experiencia terapéutica como elemento básico para el tratamiento. Parte del concepto winnicottiano de madre o entorno suficientemente bueno y lo extiende a la función del psicoanalista. Los autores proponen la idea de que la experiencia debe ser, al mismo tiempo, suficiente e insuficientemente buena, referida tanto a los cuidados infantiles, como a la función analítica. El analista para Winnicott, no es un mero receptáculo de la transferencia del paciente, cuya labor principal sería la interpretación, sino que éste debe facilitar al paciente una experiencia nueva con elementos positivos y a la vez permitiendo que el paciente encuentre las fallas de su entorno infantil, y debe reconocer que en determinados momentos es insuficientemente bueno y por lo tanto, falla al paciente. El método de Freud inauguró la posibilidad de abrir nuevos horizontes,  y el psicoanálisis relacional se manifiesta muy pronto con las aportaciones de Ferenczi. Winnicott sigue la tradición iniciada por él. Se comenta el tema de la inmunidad del analista ortodoxo, poniendo el énfasis en la implicación del analista como sujeto. Se refiere el espacio terapéutico intersubjetivo, como un espacio transicional. La importancia de la mente que se defiende con un funcionamiento hipertrófico que impide la mentalización. Se analizan los dos sentidos que tiene el término “surrender”, como entrega y como sometimiento, entendiendo que si ha fracasado la experiencia de pertenecer a alguien como algo saludable, se da paso a la necesidad de buscar relaciones patológicas de sometimiento. 

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Francesc Sáinz Bermejo y Victor Cabré
El texto desarrolla la aportación de Winnicott al psicoanálisis relacional, aplicando la noción de “madre suficientemente buena” a la figura del analista. Plantea que la experiencia terapéutica debe ser a la vez suficiente e insuficientemente buena: brindar sostén y nuevas vivencias, pero también fallar y reconocer esas fallas. El analista no es un receptor neutro de la transferencia, sino un sujeto implicado en un espacio intersubjetivo y transicional.
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En este artículo se reflexiona acerca de uno de los aspectos esenciales del psicoanálisis relacional: la experiencia terapéutica como elemento básico para el tratamiento. Parte del concepto winnicottiano de madre o entorno suficientemente bueno y lo extiende a la función del psicoanalista. Los autores proponen la idea de que la experiencia debe ser, al mismo tiempo, suficiente e insuficientemente buena, referida tanto a los cuidados infantiles, como a la función analítica. El analista para Winnicott, no es un mero receptáculo de la transferencia del paciente, cuya labor principal sería la interpretación, sino que éste debe facilitar al paciente una experiencia nueva con elementos positivos y a la vez permitiendo que el paciente encuentre las fallas de su entorno infantil, y debe reconocer que en determinados momentos es insuficientemente bueno y por lo tanto, falla al paciente. El método de Freud inauguró la posibilidad de abrir nuevos horizontes,  y el psicoanálisis relacional se manifiesta muy pronto con las aportaciones de Ferenczi. Winnicott sigue la tradición iniciada por él. Se comenta el tema de la inmunidad del analista ortodoxo, poniendo el énfasis en la implicación del analista como sujeto. Se refiere el espacio terapéutico intersubjetivo, como un espacio transicional. La importancia de la mente que se defiende con un funcionamiento hipertrófico que impide la mentalización. Se analizan los dos sentidos que tiene el término “surrender”, como entrega y como sometimiento, entendiendo que si ha fracasado la experiencia de pertenecer a alguien como algo saludable, se da paso a la necesidad de buscar relaciones patológicas de sometimiento. 

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Francesc_Sainz
Experiencias Transicionales y Mentalización
En los procesos de mentalización intervienen elementos cognitivos, emocionales e incluso somáticos, vinculados a través de las experiencias relacionales. Para Winnicott los cuidados infantiles continuados permiten al niño unificar las sensaciones corporales con las emociones, si la experiencia es suficientemente buena, la mente se deja ir con confianza. Cuando el niño no se siente sostenido ni recogido en su emocionalidad, la mente se hipertrofia y se aleja de la unidad psicosomática, aparece entonces el funcionamiento concreto. La figura materna ejerce la función de espejo a través del cual el niño puede verse a sí mismo. El adulto se deja mirar en su interior y de esta forma el niño empieza a sentir que él mismo también posee una interioridad. Las experiencias transicionales entre el niño y sus adultos representan la construcción compartida de la identidad y son la base en la que se asientan los procesos de mentalización

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Francesc Sáinz Bermejo
El texto de Francesc Sáinz explora la relación entre experiencias transicionales y mentalización desde la perspectiva de Winnicott. Señala que la mente se integra con cuerpo y emoción cuando el niño recibe cuidados suficientemente buenos, favoreciendo la confianza y el desarrollo de la capacidad de pensar y simbolizar. Cuando falla este sostén, la mente se hipertrofia, surge el pensamiento concreto y se debilita la mentalización.
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En los procesos de mentalización intervienen elementos cognitivos, emocionales e incluso somáticos, vinculados a través de las experiencias relacionales. Para Winnicott los cuidados infantiles continuados permiten al niño unificar las sensaciones corporales con las emociones, si la experiencia es suficientemente buena, la mente se deja ir con confianza. Cuando el niño no se siente sostenido ni recogido en su emocionalidad, la mente se hipertrofia y se aleja de la unidad psicosomática, aparece entonces el funcionamiento concreto. La figura materna ejerce la función de espejo a través del cual el niño puede verse a sí mismo. El adulto se deja mirar en su interior y de esta forma el niño empieza a sentir que él mismo también posee una interioridad. Las experiencias transicionales entre el niño y sus adultos representan la construcción compartida de la identidad y son la base en la que se asientan los procesos de mentalización

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Foto Carlos 2
Por un adulto sano polimorfo
El texto plantea cómo la sexualidad en Occidente ha sido históricamente instrumentalizada para la normalización social, imponiendo un modelo heterosexual, genital, monógamo e identitario. El autor cuestiona si la clínica psicoanalítica refuerza estos dispositivos o puede subvertirlos. Revisa aportaciones filosóficas y psicoanalíticas (Platón, Agustín, Schopenhauer, Freud, Klein, Winnicott, Fromm, Mitchell) que han oscilado entre patologizar, moralizar o revalorizar la sexualidad.

Freud introdujo la idea del cuerpo erógeno, aunque subordinó finalmente la sexualidad a la genitalidad reproductiva, lo que consolidó el binomio normal/perverso. La psiquiatría y el psicoanálisis clásico reforzaron esta visión, patologizando la homosexualidad y otras prácticas no reproductivas. Foucault mostró cómo los dispositivos de poder (ley, biopolítica, confesión) construyeron subjetividades sexuales normalizadas. Preciado añadió el régimen farmacopornográfico, donde tecnologías y pornografía regulan el deseo.
Frente a ello, el autor propone un “adulto polimorfo sano”: una sexualidad desacralizada, gozosa y plural, que integre múltiples zonas erógenas (más allá de la primacía genital), incorpore tecnología y acepte tanto la dimensión animal como la intersubjetiva del deseo. Aboga por flexibilizar los criterios de normalidad, priorizando la vivencia subjetiva del bienestar y el consentimiento.
Asimismo, cuestiona los binarios hombre/mujer, masculino/femenino, heterosexual/homosexual, normal/anormal, y propone identidades sexuales y de género más integradoras, apoyándose en Winnicott, la teoría queer y los movimientos LGTBI. Su apuesta es una política inclusiva del deseo, no reducible al amor romántico ni a la monogamia, sino sustentada en respeto, pluralidad y apertura a nuevas formas de goce.El texto plantea cómo la sexualidad en Occidente ha sido históricamente instrumentalizada para la normalización social, imponiendo un modelo heterosexual, genital, monógamo e identitario. El autor cuestiona si la clínica psicoanalítica refuerza estos dispositivos o puede subvertirlos. Revisa aportaciones filosóficas y psicoanalíticas (Platón, Agustín, Schopenhauer, Freud, Klein, Winnicott, Fromm, Mitchell) que han oscilado entre patologizar, moralizar o revalorizar la sexualidad. leer artículo
Carlos Giménez Lorente
El texto plantea cómo la sexualidad en Occidente ha sido históricamente instrumentalizada para la normalización social, imponiendo un modelo heterosexual, genital, monógamo e identitario. El autor cuestiona si la clínica psicoanalítica refuerza estos dispositivos o puede subvertirlos. Revisa aportaciones filosóficas y psicoanalíticas (Platón, Agustín, Schopenhauer, Freud, Klein, Winnicott, Fromm, Mitchell) que han oscilado entre patologizar, moralizar o revalorizar la sexualidad.
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El texto plantea cómo la sexualidad en Occidente ha sido históricamente instrumentalizada para la normalización social, imponiendo un modelo heterosexual, genital, monógamo e identitario. El autor cuestiona si la clínica psicoanalítica refuerza estos dispositivos o puede subvertirlos. Revisa aportaciones filosóficas y psicoanalíticas (Platón, Agustín, Schopenhauer, Freud, Klein, Winnicott, Fromm, Mitchell) que han oscilado entre patologizar, moralizar o revalorizar la sexualidad.

Freud introdujo la idea del cuerpo erógeno, aunque subordinó finalmente la sexualidad a la genitalidad reproductiva, lo que consolidó el binomio normal/perverso. La psiquiatría y el psicoanálisis clásico reforzaron esta visión, patologizando la homosexualidad y otras prácticas no reproductivas. Foucault mostró cómo los dispositivos de poder (ley, biopolítica, confesión) construyeron subjetividades sexuales normalizadas. Preciado añadió el régimen farmacopornográfico, donde tecnologías y pornografía regulan el deseo.
Frente a ello, el autor propone un “adulto polimorfo sano”: una sexualidad desacralizada, gozosa y plural, que integre múltiples zonas erógenas (más allá de la primacía genital), incorpore tecnología y acepte tanto la dimensión animal como la intersubjetiva del deseo. Aboga por flexibilizar los criterios de normalidad, priorizando la vivencia subjetiva del bienestar y el consentimiento.
Asimismo, cuestiona los binarios hombre/mujer, masculino/femenino, heterosexual/homosexual, normal/anormal, y propone identidades sexuales y de género más integradoras, apoyándose en Winnicott, la teoría queer y los movimientos LGTBI. Su apuesta es una política inclusiva del deseo, no reducible al amor romántico ni a la monogamia, sino sustentada en respeto, pluralidad y apertura a nuevas formas de goce.El texto plantea cómo la sexualidad en Occidente ha sido históricamente instrumentalizada para la normalización social, imponiendo un modelo heterosexual, genital, monógamo e identitario. El autor cuestiona si la clínica psicoanalítica refuerza estos dispositivos o puede subvertirlos. Revisa aportaciones filosóficas y psicoanalíticas (Platón, Agustín, Schopenhauer, Freud, Klein, Winnicott, Fromm, Mitchell) que han oscilado entre patologizar, moralizar o revalorizar la sexualidad. leer artículo
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Winnicott en la perspectiva relacional e intersubjetiva actual, acompañados por las poesías de Joan Manuel Serrat
El artículo de Francesc Sainz aborda la vigencia de Winnicott en la perspectiva relacional e intersubjetiva del psicoanálisis contemporáneo. Parte de la célebre frase “el bebé no existe”, subrayando que la identidad se construye en el vínculo con el otro. Esta idea constituye un pilar del psicoanálisis relacional: el self emerge en la mirada y el cuidado de los demás.
Sainz sitúa a Winnicott dentro de una tradición que, desde Freud, ha sido relacional, pero que adquiere un nuevo acento al reconocer el papel activo y falible del analista en la relación terapéutica. Frente a una posición interpretativa clásica, Winnicott privilegió la experiencia emocional compartida, el holding y la co-construcción de sentido entre paciente y terapeuta.
La transferencia y la contratransferencia se entienden como fenómenos bidireccionales, donde lo viejo del pasado se funde con lo nuevo de la experiencia presente. El objetivo no es tanto revelar lo inconsciente, sino favorecer la integración de emociones, cuerpo y vínculos en un espacio confiado. La mentalización se facilita más por la vivencia compartida que por la interpretación.
Winnicott concebía la creatividad y la capacidad de jugar como instrumentos y fines terapéuticos. La agresión, lejos de ser solo destructiva, puede ser también fuente de energía y protección de lo amado. La mirada del otro actúa como espejo que revela la interioridad y posibilita la emergencia del self.
El autor conecta estos planteamientos con las letras de Serrat, que como la obra de Winnicott, aceptan el dolor y la ambivalencia sin idealizaciones, en la vida cotidiana. La clínica se convierte así en un espacio transicional, transformador para paciente y analista, en el que ambos comparten vulnerabilidad, mutualidad y posibilidad creativa.

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Francesc Sáinz Bermejo
El artículo de Francesc Sainz aborda la vigencia de Winnicott en la perspectiva relacional e intersubjetiva del psicoanálisis contemporáneo. Parte de la célebre frase “el bebé no existe”, subrayando que la identidad se construye en el vínculo con el otro. Esta idea constituye un pilar del psicoanálisis relacional: el self emerge en la mirada y el cuidado de los demás.
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El artículo de Francesc Sainz aborda la vigencia de Winnicott en la perspectiva relacional e intersubjetiva del psicoanálisis contemporáneo. Parte de la célebre frase “el bebé no existe”, subrayando que la identidad se construye en el vínculo con el otro. Esta idea constituye un pilar del psicoanálisis relacional: el self emerge en la mirada y el cuidado de los demás.
Sainz sitúa a Winnicott dentro de una tradición que, desde Freud, ha sido relacional, pero que adquiere un nuevo acento al reconocer el papel activo y falible del analista en la relación terapéutica. Frente a una posición interpretativa clásica, Winnicott privilegió la experiencia emocional compartida, el holding y la co-construcción de sentido entre paciente y terapeuta.
La transferencia y la contratransferencia se entienden como fenómenos bidireccionales, donde lo viejo del pasado se funde con lo nuevo de la experiencia presente. El objetivo no es tanto revelar lo inconsciente, sino favorecer la integración de emociones, cuerpo y vínculos en un espacio confiado. La mentalización se facilita más por la vivencia compartida que por la interpretación.
Winnicott concebía la creatividad y la capacidad de jugar como instrumentos y fines terapéuticos. La agresión, lejos de ser solo destructiva, puede ser también fuente de energía y protección de lo amado. La mirada del otro actúa como espejo que revela la interioridad y posibilita la emergencia del self.
El autor conecta estos planteamientos con las letras de Serrat, que como la obra de Winnicott, aceptan el dolor y la ambivalencia sin idealizaciones, en la vida cotidiana. La clínica se convierte así en un espacio transicional, transformador para paciente y analista, en el que ambos comparten vulnerabilidad, mutualidad y posibilidad creativa.

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